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jueves, 10 de abril de 2014

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Provincia imperial, Chile, 10 de abril de 2014.

Por: Milan Mauricio Grušić Ibáñez
"No hay nada peor que un periodista pusilánime y cobarde"

Con los años, se hace indispensable tener conocimiento de la verdad. Hay muchos sujetos que hoy en día viven de la memoria de un Chile que vivió en tinieblas por años, sujetos que fabrican historias de moralidad, crean mitos fundacionales de sus propias vidas y mienten, con el fin de usufructuar, causar daño y dividir con sus relatos.

Sujetos como Ruben Adrian Valenzuela, hoy en día, tratan de mostrarse como blancas palomas, aprovechándose de incautos para explotar la desgracia ajena y obtener un provecho económico.

Ruben Adrian Valenzuela, trabajó en la radio Magallanes hasta el mismo día del golpe de estado en Chile, el 11 de septiembre de 1973. Hace algunos años,  levantó la polémica de cómo fue salvada la cinta original del último discurso de Presidente Salvador Allende, en La Moneda, y de cómo sus antiguos jefes se atribuyeron el hecho de éste acto. Ruben Adrian Valenzuela, no sólo ha mentido por mucho tiempo, sino que pretender ser lo que sin duda nunca fue, un periodista con ética.

Su vida siguió tranquila en plena dictadura, llegando a tener cargos de importancia en el diario La Tercera de la Hora. Jamás atentó contra el gobierno de facto y fue un fiel delator de opositores al régimen militar. Hoy vive en Barcelona, Catalunya, y es corresponsal del diario La Tercera.

El relato de “Peuco” Enrique Vega, militante comunista, nos describe claramente la mente de éste cruel y oscuro personaje de Ruben Adrian Valenzuela. “Peuco” Enrique Vega y su familia, en plena dictadura, sufrieron las amenazas de Ruben Adrian Valenzuela, quien quería obligarlos a que delatasen a compañeros. Claramente, su vida nunca ha sido tan impoluta como siempre el ha manifestado.

La hipocresía de este sujeto, hoy no tiene límites al presentarse el 7 de abril de 2014 en el programa televisivo de La Red, “Mentiras Verdaderas”, con el fin de presentar su libro que relata los sucesos acontecidos el 11 de septiembre de 1973, completamente desmentidos por una investigación sería y coherente de CIPER CHILE.

Nuestra intensión es clara, la de evidenciar y exponer a éste tipo de persona que busca ganar a costas de la memoria de un Chile que aun sufre.

Esta información va con el pleno convencimiento que será difundida por España, Catalunya y Chile, y terminar definitivamente con el prestigio de Ruben Adrian Valenzuela; prestigio, que sin duda, nunca le perteneció, sino a otros que si merecen ser reconocidos.

Por los periodistas que sufrieron en dictadura, por los que sufrieron el exilio, por los torturados y por los periodistas muertos y desaparecidos. Por todos ellos hay que terminar con la impunidad de los serviles, cobardes y mitómanos que pretenden reescribir la historia de Chile.

Para nunca olvidar…

La Red, Mentiras Verdaderas: 

¿Cómo se salvó el discurso de Allende?


Conversamos con Rubén Valenzuela, quien rescató el último discurso de Salvador Allende en Radio Magallanes. No te pierdas los mejores momentos de esta entrevista en el siguiente video de Mentiras Verdaderas…









Reportaje CIPER CHILE


La verdadera historia del rescate del último discurso de Salvador Allende

Por : José Miguel Varas en Actualidad y Entrevistas Publicado: 26.06.2008
                                                                              
Al cumplirse cien años del nacimiento de Salvador Allende, el último mensaje que pronunció a pocos minutos del bombardeo de La Moneda y de su propia muerte, ha vuelto a emerger en distintos rincones del mundo. De allí que el rescate de la cinta que lo contenía desde los estudios de Radio Magallanes, la única emisora que lo transmitió, sea un episodio histórico. Su protagonista hasta ahora era el periodista Hernán Barahona, recientemente fallecido. Pero esa historia es refutada por los testimonios que nos presenta el Premio Nacional de Literatura, José Miguel Varas: “Guillermo Ravest fue quien se dedicó junto con el radio controlador Amado Felipe a hacer numerosas copias del histórico discurso en pequeñas cintas magnéticas y fue él también quien las sacó del local de la radio, con evidente riesgo para su vida”. La controversia llegó al Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas, el que dictó su fallo el pasado 7 de abril.

Al cumplirse cien años del nacimiento de Salvador Allende, el último mensaje que pronunció a pocos minutos del bombardeo de La Moneda y de su propia muerte, ha vuelto a emerger en distintos rincones del mundo. De allí que el rescate de la cinta que lo contenía desde los estudios de Radio Magallanes, la única emisora que lo transmitió, sea un episodio histórico. Su protagonista hasta ahora era el periodista Hernán Barahona, recientemente fallecido. Pero esa historia es refutada por los testimonios que nos presenta el Premio Nacional de Literatura, José Miguel Varas: “Guillermo Ravest fue quien se dedicó junto con el radio controlador Amado Felipe a hacer numerosas copias del histórico discurso en pequeñas cintas magnéticas y fue él también quien las sacó del local de la radio, con evidente riesgo para su vida”. La controversia llegó al Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas, el que dictó su fallo el pasado 7 de abril.

Vuelvo a leer con emoción la crónica de Guillermo Ravest Santis, con su estilo terso y vibrante, modelo de gran estilo de periodismo, sobre el último discurso del Presidente Salvador Allende, transmitido por Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973, minutos antes del comienzo del bombardeo a la Moneda. Ravest, director de la emisora, fue quien se dedicó junto con el radio controlador Amado Felipe a hacer numerosas copias del histórico discurso en pequeñas cintas magnéticas y fue él también quien las sacó del local de la radio –con evidente riesgo para su vida, del que en ese momento no tuvo conciencia- y las hizo llegar a la dirección clandestina del Partido Comunista para su distribución entre los corresponsales extranjeros.

La crónica fue solicitada a Guillermo Ravest por Faride Zerán, directora de la revista Rocinante, en la que yo me desempeñaba como editor. Apareció en la edición Nº 58, de agosto de 2003, junto con un notable testimonio del periodista Leonardo Cáceres, responsable de los servicios noticiosos de Radio Magallanes. Ambos materiales constituyen un documento periodístico e histórico sobre un momento trascendental de la vida de Chile. Y por eso, me parece muy conveniente que se reproduzcan ahora en las páginas de CIPER. Conveniente y necesario, porque en torno a estos hechos y sus protagonistas se tejieron versiones erróneas.

Medio siglo de periodismo

Nacido en Llay Llay, importante nudo ferroviario de la V Región, el 3 de julio de 1927, Guillermo Ravest Santis proviene de una familia estrechamente vinculada a los ferrocarriles: su abuelo, su padre, sus tíos y otros parientes fueron todos ferroviarios. También él pudo haber seguido el recto camino de los rieles pero se enamoró tempranamente del periodismo. Con este oficio ha mantenido un romance de medio siglo, que dura todavía.

En 1950 trabajó en la agencia COPER (Cooperativa de Periodistas), creada por el veterano Albino Pezoa para dar trabajo a profesionales de la prensa “cesanteados” por motivos políticos por el régimen de Gabriel González Videla. Después, entre 1952 y 1972 trabajó en los diarios El Siglo, El Espectador, Ultima Hora y La Nación, en el Departamento de Prensa de Radio Balmaceda, en la revista Qué Pasa de Buenos Aires, en el diario Puro Chile, en Televisión Nacional y, por último, en Radio Magallanes. Junto con su esposa Ligeia Balladares, también periodista, debió partir al exilio después del golpe militar.

Ambos llegaron a Moscú en 1974 y organizaron el equipo de periodistas chilenos que produjo, bajo dirección de Ravest, los diarios programas “Radio Magallanes”, que se emitían por las ondas de la emisora estatal soviética, al mismo tiempo que los de “Escucha Chile”.

Viajaron en 1980 a México y regresaron a Chile en 1983, en cuanto sus nombres dejaron de aparecer en las listas de proscritos. Trabajaron en el diario ”Fortín Mapocho”, fuerte opositor a la dictadura. Entre 1983 y 1989, Guillermo trabajó en las ediciones clandestinas de “El Siglo”.

La pareja Ravest-Balladares reside desde hace más de 20 años en San Miguel Tlaixpán, pequeña localidad cercana a la Capital Federal de México. Ambos han seguido cultivando al periodismo y también la literatura en calidad de cuentistas y narradores casi clandestinos. Guillermo Ravest es autor de un libro de memorias titulado “Pretérito Imperfecto”, que ofrece, sin duda, enorme interés porque ha sido testigo privilegiado de un período histórico turbulento, cuyas consecuencias siguen proyectándose en el presente y en el futuro. Se espera que sea publicado pronto en Chile.

Testimonio:


“Necesito que me saquen al aire inmediatamente, compañero”


Por Por Guillermo Ravest Santis, ex director de Radio Magallanes

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 me encontró en Radio Magallanes, de la cual era director, y cuyos estudios entonces ubicados en el sexto piso de Estado 235, tenían acceso por la entrada del Pasaje Imperio. A eso de las seis de la mañana, me despertó un telefonazo de Lucho Oliva, ingeniero a cargo de los equipos de nuestra radioemisora. “Chino –me dijo- ahora sí que empezó el golpe. Para que lleguemos juntos al centro te paso a buscar en mi auto, altiro”.

Aquel “altiro” demoró mucho más de una hora, razón por la cual, luego de traspasar varias barreras de militares, llegamos a Estado con la Plaza de Armas alrededor de las siete y media. Allí me despedí de mi mujer y mi hijo, quienes se dirigieron a la Comisión de Propaganda del Partido Comunista en Teatinos 416 y al Conservatorio Nacional de Música, sus lugares de trabajo y estudio, respectivamente.

Radio Magallanes ya vivía una nerviosa actividad. El periodista Ramiro Sepúlveda me informó de las novedades y de la ubicación de los reporteros en sus respectivos frentes de trabajo. Anotamos una sola baja: el redactor de los noticieros de la mañana, seguramente presa del pánico, abandonó la radio. Nunca más supe de él, en los 30 años transcurridos. En cambio, periodistas de los turnos vespertinos decidieron reforzar el equipo matinal porque pensaron, atinadamente, que allí eran más necesarios. Otros, como Hernán Barahona, reportero político en el Congreso, cumplido con su comentario de aquella mañana -como él mismo lo ha recordado-, se retiró de la radio. Desde que yo llegué a la Radio Magallanes alrededor de las 8:00 y hasta que se levantó el toque de queda, no lo vi más.

A ratos nos atropellábamos, pues en algunos momentos tuvimos hasta tres radiocontroles metidos en el estudio. En esos instantes nos acoplamos a la Radio Corporación para difundir las primeras alocuciones que hizo el Presidente Allende. Esta era una forma de coordinación que usábamos en tiempos de la Unidad Popular, bajo el nombre de La Voz de la Patria, para tratar de contrarrestar, en mínima medida, el potencial con que entonces contaba –en número y en kilowatios- el sistema radial de la derecha golpista. En tres oportunidades difundimos esa mañana, como La Voz de la Patria, las palabras de Allende alertando al pueblo sobre la sedición ya en marcha.

La madrugada anterior, fuerzas del Ejército habían dado inicio a la “Operación Silencio”. Allanaron e inutilizaron las plantas transmisoras de las radios de las universidades de Chile y Técnica del Estado y la Luis Emilio Recabarren, de la CUT. Entretanto, encabezadas por la emisora de la SNA, la red nacional de las Fuerzas Armadas de Chile atronaba con sus bandos y oficializaba radialmente el golpe militar. Por sus sostenida connivencia con la sedición sólo el Canal 13 dominaba las pantallas. En ese clima nos dimos cuenta que habíamos quedado solos en el aire. Recién habían sido acalladas la Radio Corporación, dirigida entonces por el Partido Socialista; la Portales, que venía navegando entonces la tortuosa ambigüedad de Raúl Tarud y la Sargento Candelaria, partidaria de la Unidad Popular.

Poco antes, en una breve reunión habíamos resuelto con Leonardo Cáceres, nuestro jefe de prensa, y Amado Felipe, jefe de radiooperadores, dar cumplimiento a decisiones operativas previamente acordadas para circunstancias como las que estábamos viviendo. Estábamos conscientes de que, ubicados a apenas cinco cuadras de La Moneda, podíamos ser allanados. Con todas sus consecuencias. Desde hacía casi dos horas un bando de la Junta Militar amenazaba a las emisoras que no se plegaran a la red golpista, de un ataque por “fuerzas de aire y tierra”.

Me correspondió proponer a los integrantes del pequeño equipo que debería apostarse en la planta transmisora de la Magallanes, ubicada en Renca, para tratar de seguir emitiendo en cualquier emergencia. Todos aceptaron inmediatamente. Ellos fueron: los periodistas Ramiro Sepúlveda, Jesús Díaz, Carmen Flores –reportera recién egresada de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile- y el locutor Agustín Cucho Fernández.

Ya estaba en su apogeo aquel desigual combate que la propaganda pinochetista, por tres décadas, ha querido presentar como la “batalla de La Moneda”. Esa de la media docena de regimientos apoyados por un comando operativo de tres de los jefes golpistas –el Mendocita recién empezaba merecer su apelativo como arrenquín-, más el Estado Mayor de las FF.AA., tanques, cañones y helicópteros, contra un puñado de una cincuentena de patriotas. El testimonio documental de ese asalto fue investigado para la historia y la dignidad nacional por la doctora Paz Rojas, Iris Largo y otros igualmente dignos, en el libro Páginas en Blanco.

Había ido a buscar un cigarrillo a mi oficina cuando, inesperadamente, sonó la Plancha. Éste era el nombre que dábamos al teléfono a magneto, accionado a manivela, que nos comunicaba directamente con el despacho presidencial de La Moneda. Los golpistas ya habían amenazado bombardear el histórico palacio de gobierno. Contesté el llamado telefónico. Era la inconfundible voz del Presidente Allende.

- ¿Quién habla?
- Ravest, compañero…
- Necesito que me saquen al aire, inmediatamente, compañero…
- Deme un minuto, para ordenar la grabación…
- No, compañero. Preciso que me saquen al aire inmediatamente, no hay tiempo que perder…


Sin sacarme la bocina de la oreja, grité a Amado Felipe –quien se encontraba al frente de las perillas del control en el estudio- que instalara una cinta para grabarle y a Leonardo Cáceres, que corriera al micrófono a fin de anunciar al Presidente. Allende debe haber escuchado esos gritos. Le pedí: “Cuente tres, por favor, compañero, y parta…”.

Pese al nerviosismo de esos instantes, Amado Felipe –un gordo hiperkinético siempre jovial, hijo de refugiados españoles- tuvo la sangre fría o la clarividencia histórica de empezar a difundir al aire los primeros acordes de la Canción Nacional, a los que se mezcló la voz de Leonardo Cáceres, anunciando las que serían las últimas palabras del Presidente constitucional.

La tensión del momento explica por qué en esa grabación no sólo aparece la voz de Allende. A Felipe se le quedó abierto el micrófono de ambiente, hecho que aclara por qué en su original ella registrara mi voz pidiendo a gritos a alguien: “¡Cierren esa puerta, huevones!”. Los asaltantes de La Moneda, por su parte, le pusieron o añadieron su música de fondo: balazos, disparos de artillería y hasta ruidos de aviones. No eran momentos protocolares. Tras su última frase y, sin colgar, Allende me añadió un escueto: “No hay más, compañero, eso es todo”. Y como siempre ocurre en ciertas circunstancias solemnes o dramáticas, no faltó el añadido de una nota ridícula. Soy su autor. A modo de despedida le dije: “Cuídese, compañero”.

Tras haber presentado a Allende ante el micrófono. Leonardo se acercó a mi lado, junto a la Plancha. Ambos habíamos escuchado aquellas últimas palabras. Le comenté escuetamente: “Este es su testamento político. Flaco, estamos sonados…”. Con un locutor y otro periodista proseguimos la transmisión de la Magallanes. Estuvimos de acuerdo en difundir por segunda vez el discurso de Allende. Alrededor de las 10.20 de esa mañana, imprevistamente, nos sacaron del aire. Tratamos de establecer comunicación telefónica con la planta. Nadie respondió. Dedujimos que ya estaba en poder de los golpistas y nuestros compañeros muertos o detenidos.

En una breve reunión decidimos que lo único cuerdo en ese momento era desalojar los estudios. Amado Felipe, quien era el secretario político de nuestra célula del PC, y yo, decidimos quedarnos para revisar si en los estudios había papeles con nombres o menciones partidarias. Todo indicaba que un estilo de fascismo mapochino actuaba ahora desembozadamente.

Tras una despedida que no dejó de ser emocional, porque no era seguro que volviéramos a vernos vivos, varios compañeros reiteraron su fervor irrenunciable hacia la causa que encabezara el Presidente Allende. Cada uno partió a su hogar, porque ya se había hecho público que a las 14 horas comenzaba el toque de queda. Los dos compañeros de “seguridad” que nos había asignado el Comité Regional Capital del PC, prefirieron quedarse con nosotros.

Los dos días siguientes fueron agobiadoramente largos y tensos. Nos dividimos la tarea de la vigilancia de la radio, ahora convertida en ratonera, pues contaba con un solo acceso por la escalera y los ascensores. Nos esforzábamos por no ser sorprendidos si ocurría el allanamiento. Dormíamos por turnos. Volvimos a hacer una acuciosa revisión de todos los estudios. Lo más provechoso que hicimos con Amado Felipe fue dedicar muchas horas a reproducir las últimas palabras de Allende en unos pequeños carretes de cinta magnética. Así llegó el mediodía del jueves 13. Levantado el toque de queda, cerramos los estudios con llave. Nos despedimos antes de abandonar el pasaje Imperio. A Amado Felipe nunca más lo volví a ver.

Tres meses más tarde yo me asilaba en dependencias de la embajada de la entonces República Federal de Alemania, en un piso alto frente al Municipal, mediante los oficios solidarios del Agregado de Prensa Raban von Metzinger. Tuve que hacerlo porque a los generales de la Junta no les agradó que Allende los hubiese tratado en su discurso como lo que eran: traidores. Se ordenó mi detención; la evadí al costo de permanecer con mi mujer y mi hija chica, tres meses en una oficina de esa embajada y diez años en el exilio.

Aquel jueves me encontré con Ligeia, mi mujer, en Huérfanos frente al cine Central. Toda la gran manzana estaba atestada de militares armados. A ella le habían asegurado que ya era viuda, pues “a todos los de la Magallanes los mataron”. Pero algún militar que se distrajo de las interferencias telefónicas a la radio posibilitó que nos pudiéramos contactar por esa vía el día anterior. Y aunque no sabía qué podría ocurrir después, me avisó que pasaría a buscarme apenas levantaran el toque de queda. Junto con abrazarnos, emocionados hasta la pepa del alma, ella me preguntó: “¿Traes algo comprometedor?”. Cándida y honestamente respondí que no. Al menos así lo consideraba. Pero en el abrazo me delataron las cintas grabadas. Me miró como sólo ella sabe hacerlo.

-Bah, de veras –respondí- son copias del discurso de Allende.


También me sacó, entre nuevos abrazos, mi carnet del PC. Los metió sigilosamente en su bolsa del infaltable tejido. Y como dos viejos amorosos caminamos despacio hacia la casa de nuestra hija en el centro. Allí permanecimos un día. Y partimos hacia nuestra casa en Macul.

Así creí que terminaba esta historia. Pero siguió. Por medio de un “correo” envié diez de esas cintas grabadas a don Américo Zorrilla, quien participaba entonces en la dirección clandestina del PC, pues ya había recibido el encargo de repartir el resto entre el enjambre de corresponsales extranjeros que entonces pululaba en Santiago.

Nunca volví a ver a Amado Felipe, nuestro jefe de radiooperadores: incluido “democráticamente” en lista negra por los empresarios radiales y absolutamente cesante, se suicidó tiempo más tarde.

Testimonio


“El control bajó el volumen de la música y yo anuncié al Presidente”


Por Leonardo Cáceres

El 11 de septiembre de 1973 era martes y estaba nublado. Me desperté muy temprano, cuando el teléfono me transmitió la nerviosa información de un amigo que trabajaba en Investigaciones: estaba confirmado que había un levantamiento militar en curso, y en Valparaíso, la escuadra que participaba en la Operación Unitas había vuelto al puerto. Yo nunca había estado en un golpe de Estado. No sabía ni remotamente qué hacer ni de qué preocuparme.

Miraba pensativo por una ventana de mi casa, en la calle Tomás Moro, cuando vi que se abrían las puertas de la cercana residencia presidencial y tres o cuatro autos Fiat, escoltados por varias “tanquetas” de carabineros, salían a toda velocidad y se dirigieron hacia la avenida Colón. Ya no me cupo duda, algo grave estaba pasando: en uno de esos autos iba el Presidente Allende.

En mi citroneta me fui al centro, donde trabajaba como jefe de prensa de Radio Magallanes. En camino por Apoquindo y Providencia fui escuchando radio. Pasaba de la Agricultura, que emitía la marcial voz de Gabito Hernández alternada con la lectura de los primeros bandos militares y discos de Los Cuatro Cuartos, Los Quincheros y similares; a la Corporación y la Portales. De pronto escuché la voz del Presidente. Fue su primer mensaje. Él se había comunicado con Radio Corporación, como supe después.

Las emisoras de izquierda (Portales, Corporación, Magallanes, Candelaria, Recabarren y alguna más) integraban una cadena voluntaria y militante, La Voz de la Patria, que se enganchaba cada vez que era necesario para respaldar al Gobierno Popular, como réplica a la poderosa cadena de la oposición que tenía como cabeza a la Agricultura.

Llegué a la radio, en calle Estado con Agustinas, poco después de las 8. Ya estaban todos. Guillermo Ravest, el director, Eulogio Suárez, el gerente; los periodistas, los locutores. Se vivía un clima de máxima tensión, con la adrenalina a tope. Se intercambiaban las noticias con los rumores en medio de una sensación de caos. Sonaban todos los teléfonos al mismo tiempo. El Presidente volvió a dirigir al país un breve mensaje.

Hicimos la “pauta” del día sobre la marcha, envié periodistas a las sedes de los partidos y de la Central Única de Trabajadores, a la Asistencia Pública y, en especial, despachamos un móvil con tres periodistas a la planta transmisora de la Radio. ¿Quién podría asegurarnos que los golpistas no intentaran silenciar las radios, y para ello ocuparan los estudios de la calle Estado? En ese caso, la radio podría seguir transmitiendo desde la misma planta.

Muy temprano, ese día, los militares habían silenciado la radio de la Universidad Técnica del Estado. Poco después la Corporación. Así, la Magallanes quedó sola en el aire.

Redactábamos noticias a toda velocidad y las pasábamos al estudio para que los locutores las leyeran entre un disco y otro del Quilapayún o el Inti Illimani. En cierto momento entré al estudio y me quedé ayudando a leer unos comunicados de los cordones industriales y de la CUT. De pronto Ravest aparece agitando los brazos y tocando el cristal que separaba al estudio de la sala de control. En esta última había un teléfono a magneto conectado en directo con la oficina del Presidente en La Moneda. Había teléfonos similares a éste en las radios Portales y Corporación. Ravest nos dijo por comunicación interna que Allende estaba en línea y que teníamos anunciarlo de inmediato, sin esperar el final del disco que tocábamos. De inmediato. El control bajó el volumen de la música y yo anuncié al Presidente.

Ninguno de nosotros sabía que ésta iba a ser la última vez que el Presidente Allende hablara al país. No lo sabíamos, pero yo creo que sí. Era clarísimo, estaba hablando con la vista fija en los chilenos del futuro, en los que iban a sobrevivir al golpe, en los que iban a oír su voz diez, veinte o treinta años después. Allende habló para la historia.

El trabajo seguía, nervioso, en los estudios. Escuchábamos la voz del Presidente y al mismo tiempo ordenábamos los textos que se iban a leer a continuación y discutíamos con los periodistas. El radioperador había dejado abiertos los micrófonos del estudio mientras se emitía la voz del Presidente y por eso, en las grabaciones de ese histórico discurso, se oyen de fondo voces y órdenes.

Terminó el discurso presidencial y siguió la transmisión especial… hasta que alguien nos avisó que la planta transmisora había sido asaltada por un comando militar, el personal que allí estaba había sido detenido, y nosotros ya no estábamos en el aire. Nadie se fue a su casa, todos nos quedamos en la radio esperando lo que iba a venir.

Un par de horas después vimos por las ventanas de la calle Estado, que daban al poniente, a los aviones Hawker Hunter que lanzaban cohetes sobre La Moneda. Segundos más tarde, las llamas de un gigantesco incendio. Se quemaba la historia, nuestra historia, se incendiaban los símbolos de estabilidad y confianza en nuestra patria, en la democracia, en el avance hacia un país mejor y más justo. La feroz hoguera duró 17 años.

Escuche aquí el último discurso del Presidente Salvador Allende

Carta publicada por Rubén Adrián Valenzuela en The Paskin


LA VERDADERA HISTORIA DE LAS CINTAS CON LAS ULTIMAS PALABRAS DE SALVADOR ALLENDE

 Rubén Adrián Valenzuela, desde Barcelona, España.
"No hay nada peor que tener un jefe pusilánime y cobarde"      

A raíz de la polémica sobre quien grabó y sacó de Chile las cintas con las últimas palabras del Presidente Salvador Allende, el periodista Rubén Adrián Valenzuela, que en l973 trabajaba en Radio Magallanes y hoy reside en Barcelona, España, envió una extensa carta a la Editorial LOM, que no ha tenido respuesta en casi un año. Hoy damos cuenta de esa misiva con la intención de aportar luz a una cuestión que no es menor. Valenzuela dice que él grabó y distribuyó esas cintas en tanto que periodista y no militante. "Por lo tanto, esta es la historia o parte de la historia del periodismo chileno, que comienza con fray Camilo Henríquez y se prolonga hasta nuestros días.

Señores Lom Ediciones: Me he enterado que estais estudiando la posibilidad de editar un libro con el supuesto rescatador de la cinta con las últimas palabras del Presidente Salvador Allende Salvador Allende, el señor Ravest, a quien conocí en Radio Magallanes como "El Chino" Ravest.

Este compañero, a quien le brindé afecto y respeto hasta el día 11 de septiembre de 1973, era el director administrativo de Radio Magallanes (el jefe de Prensa era el periodista Leonardo Cáceres) y juntos, de madrugada, la noche del 10 al 11 de septiembre de ese año, hicimos guardia en la sala de redacción de la emisora. NO había nadie más que nosotros dos y todos los nombres que ahora comienzan a figurar, habiendo sido efectivamente parte del personal de la emisora, fueron sumándose en las primeras horas, del martes 11.

"El joven Valenzuela", como parece que dice cuando se refiere a mí en su texto, supo a las 11 de la noche del lunes 10 de septiembre que el golpe estaba en marcha. Yo era el reportero de Moneda en la Magallanes y cada tanto, en razón de mi anterior frente: Defensa, pasaba al Ministerio, donde conservaba algunos amigos (entre ellos el general Augusto Pinochet, que había sido mi instructor en un curso de corresponsales de guerra en Iquique).

Aquella noche, antes de ir a mi guardia en la Radio Magallanes, visité al Mayor Zavala, quien estaba de oficial al mando el el Min. de Defensa y se aprestaba a pasar la noche en una pequeña habitación, a la derecha de la entrada tras subir las escaleras.

El Mayor Zavala  afirmó de pronto, sin requerimiento,  que aquella noche comenzaba "un nuevo día para nuestra patria" y sugirió que me fuese a casa ya mismo, porque las cosas se iban a poner muy feas en las próximas horas.

Con esta información me fui a la Radio, donde el Chino Ravest ya estaba en su despacho y cuando le comenté lo que sabía me respondió: "Compañero Valenzuela, ¿usted cree que si hubiera un golpe militar en marcha, un mayor de guardia, sin mando de tropa, se lo iba a contar a un simple reportero de radio?

Con el correr de las horas comezamos a recibir llamadas telefónicas del norte y sur del país, advirtiéndonos de movimientos militares. Nos llamaron de Investigaciones, de Seguridad del Partido Socialista y hasta de Investigaciones, donde querían saber si el director, Alfredo Joignant, había dado señales de vida por ese lugar, pues estaba desaparecido.

Las señales eran tan claras, que varias veces insistí ante Ravest para que llamásemos a la casa del Presidente Allende para informar lo que sabíamos: "¿Despertar al Presidente para contarle un rumor no confirmado?

Ravest me prohibió hacer ninguna llamada más a ninguna persona que tuviese que ver con seguridad y con el Presidente. Yo había insistido diciendo que al menos llamásemos al ministro del Interior.

Como a las 3,00 de la madrugada me llamó la madre de uno de los marineros que habían sido acusados de intentar sublevar a la tripulación de la escuadra nacional. Dijo que un sobrino suyo, que también era marinero, había sido arrestado cuando salía franco para ir a su casa y que nada se sabía de él y se sospechaba que había sido decretada la alerta entre la tropa.

Frente a esta nueva evidencia, pregunté a Ravest, mientras él revisaba un teletipo: ¿Qué pasará esta vez si hay un golpe militar en marcha, compañero?"

Su respuesta, que me ha sonado todos estos años como una burla, fue: "Hay decisión revolucionaria, compañero Valenzuela".

Entre las siete y las ocho de la mañana del día 11 las noticias del retorno de la escuadra al puerto de Valparaíso hicieron evidente que las noticias del golpe estaban confirmadas.

Leonardo Cáceres, que había llegado a eso de las siete, cumplía una extraordinaria labor desde el micrófono, dirigiendo una emisión que llamaron "La voz de la patria".

Ravest, desde su oficina de director ordenó que si había armas entre el personal de la radio, las entregáramos a los encargados de seguridad "para que si vienen los militares a allanarnos, vean que somos respetuosos de la ley".

Confiscaron hasta las limas de uñas de las mujeres y yo tuve que entregar un cortaplumas suizo, multiusos, que había llevado desde adolescente conmigo.

Nuevamente miente Ravest cuando dice que él llamó a La Moneda, al despacho del Presidente, porque el teléfono de magneto estaba en un rincón de la sala de prensa, bajo un cartón que decía en letras de molde: "No tocar".

Cuando nos dejaron bloqueados, sin teléfonos directos, fue como un anticipo de que nos iban a silenciar. Entonces por mi cuenta y riesgo, sin saber si el teléfono de magneto estaba aun activo, giré la manivela y esperé. Tras breves segundos una voz dijo desde el otro extremo de la línea: "Habla Salvador Allende, quien llama?

-Valenzuela, compañero, en Radio Magallanes.

-¿Están en el aire todavía?

- Sí, compañero.

- Quiero hablar, no hay tiempo que perder...

Avisé a gritos a Amado Felipe, para que hiciera la conexión y mientras él hacía lo necesario, el Presidente me habló. Creía que Pinochet no estaba en la conjura y cuando le dije que el general aparecía firmando el bando número 1, respondió que le podían haber tomado el nombre, que intentásemos hablar con él.-

Amado felipe gritó: "Dile que cuente hasta tres y comience a hablar"

Yo estimé que el Presidente no tenía por qué saber que esa era una cuestión técnica de la radio y dije: "Compañero presidente, voy a contar hasta tres y entonces usted puede comenzar a hablar". Conté hasta tres pero el Presidente siguió en silencio, a raíz de lo cual grité: "¡Ya compañero, comience!

El resto ustedes ya lo saben. Mi voz, con la cuenta hasta tres y con mi grito de "Ya compañero, comience", está grabada en la cinta original, que YO saqué de la radio y llevé conmigo a la Posta Central, bajo mi camisa, tras haber sido herido en la esquina de Bandera y Alameda.

El Presidente Allende habló tres veces por Radio Magallanes. No una como se dice. La segunda fue cuando acabó la primera arenga, explicando la situación de la escuadra y su esperanza de que los comandantes en jefe del ejercito y aviación cumplieran con su deber. Cuando acabó, me preguntó si había salido bien. Luego me preguntó si teníamos una "plancha"  (equipos de comunicacion Motorola con los que estaba dotada la radio) y cuando le respondí que sí, me ordenó que me fuese a la sede de la Democracia Cristiana y tratara de sacar al aire a Bernardo Leighton, quien, según dijo textualmente: "Ayer me prometió que si había un intento de golpe haría un llamado a las bases de la DC para que se opusieran".

Luego, si nos atenemos a los hechos que he relatado, debo recalcar que yo caí herido en la calle intentado cumplir una orden del Presidente de Chile Salvador Allende.

A todo esto, en la radio, Ravest, cuando escuchó que el Presidente estaba en el aire, corrió hacía la sala de prensa, donde me vió con el teléfono en la oreja, mientras yo, con una mano, tapaba el auricular para que no se filtraran los ruidos. Me hizo un gesto de reprobación con la cabeza y en eso llamaron de la planta de la emisora para decir que tenían problemas con los carabineros que estaban allí para protegerla. Ravest gritó, casi encima del teléfono por el cual hablaba el Presidente . "¡Que saquen esa gente y que pongan otra!", cosa que también está grabada a mitad del discurso.

Allende acabó con un "Viva Chile, vivan los trabajadores" y desde el control alguien puso el disco de Quilapayun "No nos moverán", que fue interrumpido en mitad de una frase que se fue yendo en un "fade" distorcionado muy premonitorio de lo que iba a pasar.

Leonardo Cáceres, que había estado en el locutorio apareció en la sala de prensa y autorizó que yo cogiera una plancha y me fuese a la DC, despidiéndose de mi muy afectuoso: "Que no te pase nada, Valenzuela". "Yo respondí una chorrada, producto de la tensión en que estábamos: "No me van bien las chaquetas con agujeros de bala".

Al salir, Amado Felipe me dio un abrazo y un paquete, en un bolsa de papel, en la que iban las cintas (tres, pequeñas) con el original del discurso de Salvador Allende.

Estas cintas las copié mas tarde, en mi casa, en distintos formatos, pero la primera copia, en una cassette, la ocultamos de tal manera que la periodista Verónica Ahumada, hasta entonces secretaria de prensa del Presidente Allende, pudo introducírsela en la vagina y pasar con ella los controles del aeropuerto cuando salió hacia Buenos Aires. Ella entregó esta grabación a los periodistas argentinos y al general Prats, a quien visitaba con frecuencia en su casa de la calle Malabia, ya que vivían muy cerca en Bs.As.

A Verónica la pueden consultar en su actual despacho de La Moneda, donde entiendo que trabaja con la Presidenta Michelle Bachelet.

Todas estas cosas (salvo el detalle de cómo sacó Verónica Ahumada la cinta hacia Argentina) las comenté hace muchos años en el diario Pueblo de Madrid (ya desaparecido) y más tarde en una carta a El Mercurio, con motivo de una corrección a otro que se atribuyó haber conectado a Salvador Allende con radio Magallanes.

Sobre el destino de las cintas y sobre qué pasó con la "plancha" Motorola que intenté llevar a la sede de la DC me explayaré más adelante, si alguno de ustedes demuestra interés por mis notas.

A don Bernardo Leighton le comenté las instrucciones de Salvador Allende, en el Casino (o Círculo no estoy seguro) Español de calle Alameda, cuando le rindieron un homenaje con motivo de su vuelta a Chile, tras el atentado que casi le costó la vida en Italia. El exvicepresidente lloró de emoción al saber que Allende había confiado en él hasta el final y sólo dijo "a esa hora ya todo estaba perdido".

P.D.: Otras prueba de la frágil memoria de Ravest es cuando se refiere al periodista Ramiro Sepúlveda, quien salió de la radio para ir a hacerse cargo de la planta transmisora, pues se pensaba que desde allí se podría seguir emitiendo si nos silenciaban en el centro. Al llegar a la planta Ramiro tuvo un problema con los carabineros dispuestos allí para proteger las instalaciones y, puesto que allí mismo los uniformados se dieron vuelta la chaqueta, lo detuvieron y trasladaron al Estadio Nacional, de donde salió meses.

R.A.V. El de siempre 
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El ciber rostro de un cobarte:







Salud y anarkía, un T:.A:.F:.!!!

L´anarchiste-Orient




domingo, 22 de diciembre de 2013

Felices Fiestas Profanas a TODOS...



Nos han hecho creer que un viejito de rojo que regala juguetes a los niños cada año es un producto del mercantilismo y el capitalismo cruel. Es plenamente cierto que los negocios y tiendas comerciales se hacen la América en estas fechas. Utilizan la imagen del Viejito Pascuero, Santa Claus, para captar la inocencia de los niños y hacerles desear lo imposible y que sus padres se salgan de sus presupuestos con el único sin satisfacer sus deseos.

No quiero corregir a nadie y menos darles lecciones de vida, pero, tal vez intentar que juntos hagamos un cambio en la conciencia de todos.

No creo que un viejo sea el culpable del consumismo, pero si creo que hay muchos culpables que nos incitan a dilapidar nuestros exiguos salarios con el fin de, supuestamente, satisfacer a los seres amados en estas Fiestas Profanas.

Hay quienes creen que el 25 de diciembre nació un Mesías, otros piensan que es una ocasión para gastar y celebrar hasta quedar inconciente de lo borracho, incluso estamos los que pensamos que es el día que un viejito de rojo vuela por todo el mundo para repartir algo de alegría y felicidad para aquellos que no son tan afortunados, aunque la mayoría del mundo “no está ni allí” con estos festejos.

¿Cómo te sentiría si recibieras un par de calcetines de regalo para esta navidad?
¿Sería adecuado regalas “colaless” (hijo dental) a las chiquillas para Navidad?
¿Cuánto cuesta un par de calcetas o un calzón minúsculo?
¿Has intentado hacer un juguete a un niño con tus propias manos?
¿Una salchicha y arroz podría transformarse en una bellísima cena de Navidad?

Creo que estas preguntas tienen una repuesta simple y sencilla…

No culpes a un viejo, culiao y guatón, por vivir en una sociedad enferma. Trata de ayudar a sanar nuestro mundo con cosas sencillas y no pierdas el niño que llevas dentro. Sueña………… Ten un bello sueño y ayuda a éste Viejito a dar esperanza a muchos que hoy la han perdido. Pidamos al Viejito una Educación del Estado, gratuita, de calidad y para todos. Yo ya se lo pedí…


Quiero contarte mi historia de Navidad

Una Calurosa Navidad

Recuerdo las bellas navidades del pasado, y me viene a la memoria toda la felicidad sentida en esas fiestas que hacían de diciembre un mes mágico y especial.

Comenzando con un corte de Asiento (Aguayón) de res, acompañado con un buen Casillero del Diablo, vino preferido por los masones y por mi padre. De postre, leche asada. Los regalos aunque no faltaban, lo importante era el rito de Noche Buena, acostarse un poco tarde, dentro del aguante de un niño, y despertar temprano para ir a abrir los regalos al día siguiente.

Lo sobrante de la cena de Navidad nos duraba hasta 4 días, no sólo haciendo espectacular los almuerzos y las cenas, sino que además el desayudo y las “once” (hora del té a la chilena).

¿Cómo no dejar de recordar los especiales navideños de Rankin Bass, y los grandes clásicos como Canción de Navidad de Charles Dickens o It's a Wonderful Life de Capra? Aun en una televisión en blanco y negro de 12 pulgadas esas películas se hicieron inolvidables con el correr de los años. Ya en la adolescencia Chevy Chase y sus desastrosas navidades ocuparon su lugar en las maratones navideñas de la televisión criolla.

El árbol de Navidad era un pino de verdad, adornado con figuritas de vidrio que hasta hoy muchas han sobrevivido a los problemas de su fragilidad. Recuerdo una esfera grande y roja, que era preciosa, y un reno del mismo material y color, que por circunstancias ajenas a mi persona, murieron trágicamente… ¡Yo no fui! Las luce eran hermosas, hechas en Alemania, de fuerte luminiscencia y bellísimos colores. Ver ese árbol era un deleite para la vista.

Nunca tuvimos un pesebre, o algo que nos indicara que era el nacimiento de algún Mesías, pero si era la época de Santa Claus o el Viejito Pascuero.

Quiero relatarles una navidad en especial, en plena dictadura militar chilena.

Ya estábamos en diciembre y la economía familiar peligraba por la situación reinante en el país. Yo apenas un mocoso no tenia noción del dinero y ya me preparaba para la mejor Navidad del mundo. Pero, sólo pudimos conseguirnos un árbol escuálido, y el sueño de que el Viejito Pascuero nos solucionara nuestras dificultades, y me trajera todos los regalos que le pedí en ese año.

La situación empeoró y la orden del jefe de la casa fue directa. ¡No habrá regalos este año, ni cena especial! Mi madre y yo nos quedamos patitiesos al escuchar semejante sentencia. La querida Navidad no pasaría por nuestra casa, y el Viejo Guatón me dejaría sin un minúsculo regalito de Navidad.

¿Cómo salvar la Navidad?

A mi corta edad era una misión imposible. Pero, descubrí un brillo especial en los ojos de mi madre, algo tramaba, tal vez secuestrar a Santa y pedir recompensa. La solución no fue tan drástica, pero si curiosa…

Mi padre, llego ese 24 de diciembre a medio día, con el salario del mes en la mano. Su rostro lo decía todo, pero era mejor no comentar nada. Él se saco los zapatos y se puso a dormir una siesta, sin ganas de almorzar. A esas horas todo el comercio cercano cerraba por dos horas, y no teníamos que comer. Mi madre se encerró con mi padre en la habitación unos minutos y salio sin decir una palabra. Luego entre yo y le pedí a mi padre algo de dinero para comprar pan. Después de un buen rato descubrí un boliche que tenía pan recién hecho, lo compré junto con una mantequilla, nunca el pan y la mantequilla habían sido tan ricos como en esa víspera de Navidad.

Ya era hora de que el Supermercado abriese, y mi madre salió de casa. Volvió un rato después, mi padre aun dormía, me llama a otra habitación y me dijo que teníamos que envolver los regalos. Yo aun no entendía, pero me sorprendí al ver que en la bolsa sólo había jabones, desodorantes,  champús y pasta de dientes. Mi madre sacó papel de regalo y cinta adhesiva, y sin que me diere una explicación, agarré un par de jabones y los envolví como si fuesen el más preciado y delicado regalo a entregar.

Llegó la noche buena y nuestro árbol estaba completamente adornado, y la cena a punto de servirse en la mesa, bellamente decorada. Una salchicha vienesa por cabeza, arroz con ralladura de zanahoria y un huevo frito estaban listos para el deleite de los comensales.

La magia de la Navidad estaba haciéndose presente en nuestra casa ese día. Mi plato favorito, regalos escondidos, y la alegría de estar juntos, nos hacían disfrutar de una noche maravillosa en nuestra calurosa Navidad.

Al día siguiente me desperté temprano por tres motivos. Primero para ver si el puto de Santa me había traído mis regalos. Segundo para ver mis especiales navideños por la televisión. Y lo más importante… Los regalos de Navidad de Mamá…

Mi padre se levantó a tomar desayuno en el comedor, mi madre y yo ya habíamos dejado los regalos bajo el árbol; pero, ¡oh!, gran sorpresa, mi padre se quedo mirando el árbol sin pestañar, su rostro de molestia era evidente. Alguien había hecho caso omiso a sus órdenes, y eso era algo que no se podía aguantar. Pero, al verme tan feliz, sólo hizo un comentario que nos recordó su dictamen promulgado los primeros días de diciembre.

Su ceño fruncido y sus labios apretados dejaban ver su molestia. Hasta que, yo me dirigí al árbol, y por primera vez, me puse a repartir los regalos.

Puse el regalo de Papá encima de la mesa, frente a él. Hice lo mismo con el regalo de mi madre y el mío. Mi padre, con un movimiento de su mano, lo apartó de su lado y agacho su cabeza.

Gran sorpresa fue cuando mi madre y yo abrimos nuestros regalos. Ella había recibido una pasta de dientes y yo un jabón. Contentos con nuestros regalos, me apresuré a buscar más regalos al árbol.  Mi padre sorprendido y algo intranquilo extendió su brazo para alcanzar su regalo, su rostro tenía un brillo especial. ¡Sorpresa! Era un jabón…

Sin darnos cuenta todos abríamos regalos y nos mirábamos con picardía y complicidad.

Ese desayuno de Navidad es el más hermoso que recuerdo. Ya ellos no están a mi lado, pero sigue existiendo la magia de esas fiestas decembrinas pasada en cada Navidad presente. Más aun, en la última Navidad que pasé con mi padre, no dejó de existir algo especial que nos inundaba nuestros corazones al punto de sentir que iban a reventar de dicha.

Las navidades con mis padres fueron una postal mágica. Las navidades con mi kompañera, nuestra hija Sofía y mi padre fueron fantásticas. Aun las navidades con mis suegros.

Hace años que la Mutti y yo pasamos nuestras navidades en soledad, pero sin dejar de recordar lo bello que fue compartir en familia un poco de arroz y un huevo frito.

Esta noche buena la compartiremos con los Becerra, una hermosa familia que nos adoptó hace años para estas fechas. Ellos también son como nosotros, lobos esteparios, que disfrutan de las cosas sencillas y de un poquito de magia, que de cuando en cuando a nadie hace mal…

Un T:.A:.F:. en estas Fiestas Profanas para todos, queridos compitas.

 Milan Mauricio Grušić Ibáñez (mauricio_gi)




jueves, 17 de enero de 2013

CARTA ABIERTA PARA LAURENCE NELSON GOLBORNE RIVEROS Y PARA LOS VERDADEROS INSTITUTANOS DE CHILE.




Provincia imperial, Chile, 17 de enero de 2013

Queridos Institutanos.
               
Mi formación, lo que soy, se debe a lo que pude recoger en las aulas, los pasillos y patios de uno de los más prestigiosos establecimientos educacionales del país. Soy Institutano, ya que nadie puede cambiar mi formación y lo que me define. Viví, durante más de cuatro años, una de las experiencias más gratificantes que un hombre puede llegar a tener a lo largo de su tránsito por este mundo. Hijo de un gran maestro del Instituto Nacional. Seguramente nunca podré calzar los zapatos de ese hombre maravilloso, de ese maestro, pero si he tratado de ser un hombre honesto, sincero, un buen amigo, un buen compa… No un gigante ni un semidios, únicamente un hombre…

El Instituto Nacional nace bajo las ideas de la República y los valores de ésta. La Independencia, El Libre Pensamiento, el vernos a todos como iguales y como parte de un Todo, plasmó desde 1813 el ideario Institutano. El Laicismo, Humanismo y Democracia son principios fundamentales para los que tuvimos el privilegio de ser Estudiantes, Auxiliares, Inspectores, Administrativos, Profesores y Rectores de la más antigua casa de estudios de Chile.

A lo largo de la historia, el Instituto fue gestor del nacimiento intelectual de miles de chilenos, que como humanos e imperfectos llegamos con nuestra inocencia infantil para transformarnos en hombre profanados por el conocimiento. Ni buenos, ni malos, sólo hombres

Teniendo en cuenta que la educación es lo único que nos separa del Fanatismo, la Ignorancia y la Tiranía, nuestra querida Casa fue víctima, a lo largo de la historia, de incontables ataques que sólo fueron repelidos por el enorme corazón de todas las generaciones que encontraron en el Instituto un segundo hogar, una segunda familia.

La última dictadura chilena logró lo que ningún gobierno pasado pudo hacer.

En la dictadura de Pinochet se rompió el espíritu de nuestra misión Nacional, para transformarnos en un liceo municipal, dejándonos a la buena voluntad de los políticos corruptos que hoy rotan por el municipio capitalino. Definitivamente, la ideología fascista logró acertar un gran golpe al corazón no sólo de un colegio, sino de la Nación y de sus valores republicanos.

¿Dónde están los grandes maestros que transitaron por nuestras aulas?

Hoy sabemos que dentro de la educación en Chile los colegios particulares, particulares subvencionados y municipales son evaluados por su calidad del alumnado y no por la calidad del maestro. No importa que tan bueno o tan malo sea un profesor cuando al final será el conjunto de alumnos y su calidad lo que marque la gran diferencia entre buenos o malos. Niños pobres sin muchas capacidades seguirán siendo pobres toda la vida; niños pobres con alguna capacidad lograrán, a lo mejor, alcanzar una meta; niños con capacidades de familias pudientes, más que seguro lograran ser poderosos; niños sin muchas capacidades de familias ricas, se dedicarán a la política y nos gobernarán basados en su Fanatismo, Ignorancia y Tiranía.

La primera gran tarea del Instituto es mantenerse en pie ante el ataque del fascismo y del mercantilismo. Pero también es imprescindible que vuelva a retomar su Discurso Histórico, para que retorne a ser el “Primer Foco de Luz de la Nación”.

Volver a “Educar”; volver a formar a hombres con sed de servir y no para ser servidos; volver a ser la punta de lanza de todo cambio o revolución; volver a incorporar el concepto de servicio público; volver a trabajar por una Nación más justa, con igualdad de oportunidades, con igualdad de derechos y obligaciones; volver a fundarnos el ideario latinoamericanista… Volver a lo que, en algún momento, Carrera imaginó cuando vio nacer nuestra Nación. Sencillamente “volver”…

Nuestra historia, que es parte de Chile y de América, no siempre fue de glorias. Iluminados, grandes hombres, científicos, maestros, artistas, políticos de la vieja escuela, lideres, grandes y pequeños emprendedores, uniformados, hombres buenos y malos transitaron por nuestra casa. Y con honestidad, el Instituto nunca pretendió que de sus aulas saliesen santos o bienaventurados, sólo hombres con sus defectos, pero si con algo más… Lamentablemente ese “algo más” no siempre quiso ser recibido…

El 17 de enero de 2013 recibí una información que sinceramente sacó lo peor de mí. Rabia, desazón, impotencia y vergüenza inundaron mi corazón al ver un video de quien fuese un ex alumno del Instituto Nacional. No puedo quitarle la calidad de ex alumno del Instituto a un personaje que recorrió nuestros pasillos y se llamó nuestro compañero, pero si puedo no llamarlo Institutano…

Golborne, precandidato presidencial de la Coalición Fascista por el Cambio fue ex alumno del Instituto Nacional. Un hombre que se enriqueció destruyendo los micro-emprendimientos para concertar la riqueza de muchos en unos pocos y en si mismo. Un hombre que hoy es la punta de lanza de la Unión Demócrata Independiente “UDI”, partido fundado por colaboradores de la dictadura de Pinochet. Un hombre que hoy desayuna, come y cena con traidores a la Patria, con cómplices de asesinatos masivos, con corruptos que saquearon la Nación de sus riquezas y con políticos que lo único que buscan es destruir la bases de la Nación inspiradas por el Instituto Nacional.

Somos concientes que la destrucción de la “Educación Pública” en Chile, es patrimonio exclusivo de una derecha fascista que busca gobernar con Fanatismo, Ignorancia y Tiranía los destinos de nuestra Nación, doctrinas hoy compartidas por Golborne. No olvidemos que en veinte años de la Concertación, gobernada por la Democracia Cristiana, lo único que se quiso hacer fue perfeccionar un sistema de educación excluyente bajo los valores de la “libertad de enseñanza”, es decir, que los padres pudiesen elegir donde querían que sus hijos fuesen educados, como si eso fuese real, el que una familia pobre pudiese elegir en que colegio matricular a su hijo.

200 mil millones de dólares hoy mueven las Administradoras de Fondos de Pensión “AFP”, dinero de todos  los chilenos. Fondos que son utilizados por los empresarios para hacer crecer sus empresas y hacerse cada vez más ricos a costa de las miserables pensiones que hoy entregan a muchos chilenos después de una vida de trabajo. Sí, el patrimonio del gran poder económico chileno es generado por todos los trabajadores, pero disfrutado por pocas familias, excluyendo a millones de chilenos esas riquezas y Golborne es cómplice al ser hoy precandidato presidencial de quienes defienden éste sistema.

Golborne, hoy apuesta por seguir privatizando el sistema de Salud Pública, al punto de la destrucción. Los fondos que aportan para la salud los trabajadores están siendo utilizados directamente para seguir creando clínicas de excelencia que sólo pueden ser utilizadas por unos pocos, marginando a los más necesitados de una salud digna, de calidad y gratuita. Además, estos fondos están siendo los causantes de crear una casta nueva de trabajadores de la salud, donde el beneficio personal está por encima del bien público.

El precandidato presidencial, hoy entiende que el crecimiento de una nación pasa por trabajar más horas y cobrar salarios miserables, es decir, mano de obra barata o sencillamente explotación para minimizar los gastos y optimizar las ganancia que, curiosamente en Chile, si reinviertes no pagas impuestos.

Laurence Nelson Golborne Riveros, se eleva como gran defensor de los poderosos, no importándole mucho la suerte de los que no son de su nivel. Hoy leemos las declaraciones sobre el conflicto Mapuche expresadas por un Tirano que sólo busca continuar el genocidio ejercido por la nación chilena a la nación mapuche. No debe de haber justicia para Matías Catrileo, pero si para la familia Luchsinger McKay.

¿Cómo pretende solucionar el conflicto Mapuche este ex alumno del Instituto?

Sencillo…

Del mismo modo que se pretende acabar con el conflicto estudiantil. Extendiendo un estado policial, dando más atribuciones a las instituciones policíacas, para que puedan sobrepasar los derechos individuales consagrados en la Constitución que, a pesar de ser impuesta por el dictador Pinochet, nuestra Carta Magna se adhiere al Pacto de San José de Costa Rica sobre Derechos Humanos, Suscrita en 1969 y ratificada por el Congreso Nacional en 1990.

Ley Antiterrorista y ley Anti-capuchas, es la forma que tiene el fascismo para impedir que hoy un ciudadano pueda manifestarse pacíficamente en las calles de Chile. Es la forma de restringir tus derechos para ser detenido por cualquier causa no comprobable y ser abusado por funcionarios corruptos del estado.

Hoy, sin esas leyes las detenciones arbitrarias son constantes. Malos tratos por parte de funcionaros de las policías, insultos, vejaciones, golpes, tortura, manoseo a menores y montajes judiciales, que pueden mantener  por años en prisión preventiva a individuos sin una condena, son pan de cada día en el ordenamiento establecido.

Hoy, el precandidato presidencial Laurence Nelson Golborne Riveros representa los fundamentos ideológicos de la Coalición Fascista por el Cambio. Es el heredero de las peores prácticas anti-republicanas y anti-democráticas que llevaron a nuestra Nación a un proceso de oscurantismo y terror, es heredero de la dictadura militar chilena, es heredero de la pobreza causada por la concentración de la riqueza,  es heredero de la educación y salud basada en el lucro y es heredero de la represión que hoy asola nuestro país.

No faltará el Institutano que se horrorice al leer esta declaración, pero únicamente le pido que recuerde sus raíces y su formación.

Laurence Golborne, podrás utilizar tu paso por el Instituto Nacional con un fin mesquino, como lo es una propaganda electoral, cosa que ningún candidato Institutano a la Presidencia del Chile ha hecho jamás en la historia de nuestra Nación. Incluso podrás llamarte Institutano, pero nunca serás reconocido por los que fueron, son y serán futuros institutanos. Es una vergüenza que utilices nuestra historia y nuestros símbolos, que son los de Chile republicano, para unirlos a la historia y a los símbolos del Fanatismo, la Ignorancia y la Tiranía. .

Para finalizar, quiero recordar los rostros y muchos de mis queridos compas, a los señores auxiliares del aseo, a los señores inspectores, a los(as) señores(as) profesores(as), al personal administrativo, a los inspectores generales y rectores, a los apoderados y a los que hoy se encuentran en el Oriente Eterno junto a su linaje. ¿Cómo olvidar a los que se les fue arrebatada la vida victimas de la ira del fascismo?

Institutanos muertos por la dictadura de Pinochet y los actuales padrinos políticos de Laurence Golborne:

Patricio Acosta
Salvador Allende
Alan Bruce
Antonio Cabezas
Augusto Carmona
José Carrasco
Manuel Donoso
Ricardo García
Mauricio Jorquera
Georges Klein
Carlos Lorca
Jorge Muñoz
Roberto Nordenflycht
Orlando Letelier
Eduardo Paredes
Enrique Paris
Jorge Peña
Fernando Peña
Héctor Pincheira
Anselmo Radrigan
Arsenio Poupin
Enrique Ropert
Alfredo Rojas
Francisco Rozas
Claudio Silva
Ricardo Silva
Mario Superby
Claudio Tognola
Luis Valenzuela
Fernando Valenzuela
Guillermo Vallejo
Víctor Zúñiga




¿Cómo no recordar a un Cloto, que de estudiante universitario trabajó como inspector, luego fue secretario de la construcción del actual edificio y llegó a transformarse en Profesor de Matemáticas, Física y Estadísticas? Un profesor jodido, pero querido por muchas generaciones de Institutanos que vieron en él la inspiración que llevó a formarlos en sus vidas. Un hombre que no supo si regresaría a casa un 11 de septiembre de 1973, cuando sentía las bombas que caían a una cuadra de distancia, en la Casa de los Presidentes de Chile y posteriormente enterose de la muerte de su H:.M:. y Presidente de Chile Salvador Allende. ¿Cómo no recordar los valores enseñados por un V:.M:., un Profesor, un amigo y un padre…?

Mi corazón se rompe y mi alma se desgarra al pensar en lo que fuimos como institución y en lo que nos quieren convertir.

Por la memoria de los que hoy no están con nosotros, por los estudiantes de Chile, por los Mapuches, los que hoy nada tienen y necesitan todo, por todo aquel ciudadano que transitó por nuestras aulas, por un Chile que suplica volver a la razón, hoy no sólo estallo en llanto por mis recuerdos, sino que también explosiono en ira y rabia descontrolada ante un nuevo bofetón y afrenta de nuestra historia Humanista, Laica y Republicana.

La lucha de un Institutano es constante y permanente. No será la primera ni la última vez que el fascismo intente destruir nuestra identidad…

Arriba institutanos,
nuestro colegio es cuna
de todo cuanto llaman
chilena ilustración,
pues cupo al Instituto
la espléndida fortuna
de ser el primer foco
de luz de la nación.


¡Hijos de José Miguel Carrera!.. INSTITUTO NACIONAL… LIBRE…!!!

A L:.G:.D:.G:.A:.D:.U:.

.: Dedicado a Ariel, actual alumno del Instituto Nacional y por siempre Institutano :.

Milan Mauricio Grušić Ibáñez 
Ex alumno del Instituto Nacional
Egresado del Liceo Arturo Alessandri Palma
Institutano


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